El gato negro

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En una primera lectura El gato negro de Poe, pareciera ser el relato de un crimen a sangre fría en donde un error se convierte en el elemento que delata al asesino, pero el cuento va más allá, el texto ofrece un hecho que bien podría ocurrir en nuestro entorno cotidiano, pero su desenlace no. Dicho suceso en particular, hace suponer que existen elementos de índole fantásticos dentro de la narración. De manera breve, el argumento es la historia de un hombre que en su pasado amó a los animales, no obstante, el alcohol se convierte en la causa del alejamiento tanto de ellos como de su esposa, llega al punto del maltrato hasta que sus actos se tornan cada vez más violentos para culminar en el asesinato del gato y de su mujer.

El cuento comienza in extrema, nuestro narrador resume todo el tormento que ha sufrido en el primer párrafo del relato. No busca hacernos creer en sus palabras, busca crear un engaño inicial para interesar al lector, de hecho, sitúa la narración en el terreno de lo cotidiano. Citaré un fragmento del primer párrafo de la traducción de Julio Cortázar, donde se manifiesta lo que he dicho:

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. (107)

El hecho de que nuestro narrador hable del horror que dichos episodios le han ocasionado, y más aún, que no intente explicarse, produce inquietud en el lector desde el comienzo del texto, que lo llevará hacia una inminente sorpresa.

¿En dónde radica entonces lo fantástico de El gato negro? En primer lugar, en el ya mencionado aspecto de la cotidianeidad. En Del sentimiento de lo fantástico, Cortázar hace mención de este elemento en una reflexión sobre algo que Teodoro Adorno se quedó mirando durante un discurso:

Lo fantástico fuerza una costra aparencial, y por eso recuerda el punto vélico; hay algo que arrima el hombro para sacarnos de quicio. Siempre he sabido que las grandes sorpresas nos esperan allí donde hayamos aprendido por fin a no sorprendernos de nada, entendiendo por esto no escandalizarnos frente a las rupturas del orden. (74)

En El gato negro se nos presenta esta situación, en un principio se va relatando una historia cotidiana. Nuestro narrador comienza por hablar de su infancia y del amor que sentía por los animales: tenía perros, conejos, peces, un mono y a Plutón, nombre peculiar para un gato negro, sobre el cual su mujer hace comentarios referentes a la superstición de las brujas. Acto seguido, nos cuenta de su amistad con el felino, el cual fue su favorito durante varios años; sin embargo, el alcoholismo lo ha separado de su mascota predilecta. La historia de nuestro narrador sigue un curso natural, que como dice Cortázar, no sorprende, a pesar de contarnos sobre su vicio, pues es común encontrar gente con problemas de alcohol. Como de nuevo menciona el autor de Rayuela, nos espera una gran sorpresa a la vuelta de la página, basta con recordar el siguiente párrafo del cuento:

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoniaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad. (108)

Cortázar en su ensayo señala que “los únicos que creen verdaderamente en los fantasmas son los fantasmas mismos” (75), para esto ejemplifica con una minificción de George Loring Frost, titulada Un creyente.[1] En esa pequeña historia de fantasmas lo fantástico adquiere una naturalidad abrumadora. En este caso de un hecho cotidiano, como lo es encontrar un hombre en una galería de arte, surge la sorpresa, se juega con los elementos cotidianos para engañar al lector y finalmente, se le da un giro radical al relato fantástico, justo como ocurre en El gato negro, sin embargo, el relato de Poe, entrega al lector una sorpresa tras otra, reservando para el final, una intensa manifestación de lo fantástico, que como en el texto de Frost, nace de lo cotidiano.

De lo cotidiano se van desprendiendo elementos que se integran en el terreno de lo sobrenatural, por ejemplo, como en El Horla, el relato de Poe expone una frecuente angustia del personaje principal, siente miedo del animal rondando por su casa y que podría toparse con él en cualquier momento, el texto se asocia a la parte negativa del ser: el odio, la repulsión, el miedo, el asesinato y finalmente la culpa. Sobre el relato fantástico en general Iréne Bessiére menciona que:

Lo fantástico no es más que una de las vías de la imaginación, cuya fenomenología semántica nace a la vez de la mitología, de lo religioso, de la psicología normal y patológica, por lo que, de ese modo, no se distingue de las manifestaciones aberrantes de lo imaginario o de sus expresiones codificadas en la tradición popular. (84)

Desde el punto de vista de Bessiére, El gato negro es fantástico también porque a su manera recrea la imagen de Plutón, dios del inframundo en la mitología romana, tomemos en cuenta que el relato presenta un descensus ad inferos, proceso en el cual nuestro narrador cae cada vez más el horror de sus actos, donde a cada momento el gato juega un papel más importante. Plutón está presente en el descenso al inframundo de nuestro protagonista, como en la mitología, a su vez codificada en la tradición popular que menciona Bessiére. El gato juega el papel de un dios justo y castigador, hace que la voz narrativa sufra, juega con ella, la guía, la atormenta, la lleva a cometer un crimen atroz y finalmente, con su maullido la obliga a pagar el alto precio de lo cometido. Recordemos una vez más, las alusiones a las brujas metamorfoseadas en gatos negros a los que se refería la mujer del narrador antes de ser asesinada.

Vamos viendo que mediante lo establecido por Julio Cortázar en su ensayo Del sentimiento de lo fantástico y lo dicho por Iréne Bessiére en El relato fantástico: forma mixta de caso y adivinanza el texto de Poe va adquiriendo elementos que vuelven fantástico un relato, en primer lugar se presenta el engaño hacia el protagonista y hacia el lector, seguido de la sorpresa y el extrañamiento que esto pudiera provocar mediante una descripción de apariencia común y que lleva a los personajes a ser víctimas de un fatum atroz, y a los lectores a una gran sorpresa. Luego, la inclusión mitológica que contiene el relato que Bessiére encierra dentro del repertorio popular de mitos. Se puede complementar esto con lo dicho por Roger Caillois en Imágenes, imágenes… (Sobre los poderes de la imaginación) al ejemplificar sobre el relato de W.W. Jacobs, La pata de mono. En su texto Caillois menciona que “Lo fantástico supone la solidez del mundo real, pero para mejor devastarlo.” (13)   Y es así, puesto que Poe nos habla de un mundo común y corriente, para terminar por llenarlo de horror y devastación.

Nuestro relato comienza a sufrir su descenso al inframundo desde el momento en que se extirpa el ojo a Plutón, es aquí que se comienza a manifestar una ruptura del orden. Citando nuevamente a Caillois:

En lo fantástico, al contrario,[2] lo sobrenatural aparece como una ruptura de la coherencia universal. El prodigio se vuelve aquí una agresión prohibida, amenazadora, que quiebra la estabilidad de un mundo en el cual las leyes hasta entonces eran tenidas por rigurosas e inmutables. (11)

La estabilidad se rompe totalmente cuando aparece, luego de unos días de ausencia, el gato, delatando ante las autoridades a nuestro narrador, entregándolo, monstruoso y terrible, saliendo del interior del muro sin alimento ni agua que lo pudieran sostener en su encierro; sin embargo, el monstruo, como ahora lo define el personaje, está ahí para castigar a la entidad protagónica, lo cual funciona para cerrar el relato fantástico, tomando en cuenta a Caillois una vez más:

Los relatos fantásticos se desenvuelven en un clima de terror y terminan casi inevitablemente en un acontecimiento siniestro que provoca la muerte, la desaparición o la condenación del héroe. Luego la regularidad del mundo recupera sus derechos. (11)

De esta manera se puede decir que El gato negro contiene elementos del relato fantástico capaces de sostenerse en lo mencionado por los autores que he citado. El gato se presenta bajo varias figuras reconocibles, el ejemplo del dios del inframundo, la bruja convertida en gato, o como un personaje adoptado por lo fantástico en la literatura, recordemos otros relatos como Los gatos de Ulthar de Lovecraft, Enemistad de Guadalupe Dueñas, El séptimo arcano de Álvaro Uribe o Cementerio de animales de Stephen King en donde los gatos tienen un papel relevante.

Bibliografía

Bessiére, Iréne. Le récit fantastique. La poétique de l’incertain, (tr. David Roas) París, Librairie Larousse, 1974.

Caillois, Roger. Imágenes, imágenes (Sobre los poderes de la imaginación). EDHASA, Barcelona, 1970, 106 pp.

Cortázar, Julio, La vuelta al día en ochenta mundos. Siglo XXI, México, 25ª ed. 1996, t.1, 179pp.

Poe, Edgar Allan, Cuentos completos (tr. Julio Cortázar, pról. Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, ed. Fernando Iwasaki y Jorge Volpi). Páginas de espuma, Madrid, 2009, 960pp.

[1] Consultar la Antología de la literatura fantástica de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Pág. 176.

[2] En este “al contrario” Roger Caillois se refiere a las diferencias entre relato fantástico y el cuento de hadas. No es necesario explicar que El gato negro no es un cuento de hadas.

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Son otros los caminos

Refiere la gente de los alrededores que en la antigua propiedad de Samaras ocurrían hechos de índole inexplicable. Se trataba de una enorme casa hoy en día clausurada para mantenerla a raya de saqueadores y curiosos. Construida en el año de 1939 al estallido de la Segunda Guerra Mundial y desde entonces habitada por Timoteo Samaras, hombre interesado en las morbosas utilidades de las artes oscuras; hubo diversas opiniones sobre su muerte, la versión más habitual dice que terminó sus días al colgarse del abanico en la enorme sala de su hogar acosado por una gélida demencia. No menos inquietante fue el caso de Teodoro Samaras; heredero de la finca de su abuelo, los pobladores le atribuían la práctica de extraños rituales relacionados con la magia negra; sus conocidos más cercanos saben de sobra que sólo dedicaba su tiempo al estudio de antiguos tratados sobre demonología, brujería, satanismo, sin otra finalidad que la académica. Ahora, cada vez que ocurren acontecimientos lamentables los pobladores dirigen su vista a la Casa de Samaras atribuyendo la desgracia a sus viejos muros.

La casa era una construcción de estilo victoriano que había diseñado un famoso arquitecto de la época, no es para nadie un secreto que Timoteo invirtió una pequeña fortuna en cimentar su ostentosa vivienda. Se ubicaba a las orillas de la ciudad, lejos de las zonas más pobladas, donde la poca cantidad de gente y el mínimo bullicio del área le ofrecían la tranquilidad suficiente para llevar a cabo sus actividades; en las noches el ruido del tren era estrepitoso, aunque el único habitante de la casa no lo consideraba un problema. La residencia era de tres pisos, las paredes cubiertas de vieja madera blanca daban cuenta del descuido y el paso de la humedad que habían sufrido a lo largo de los años; el techo a dos aguas mostraba tejas de color marrón quebradas en donde se encontraban varios nidos de pájaros; desde la parte baja podía divisarse la blancura de los muros teñida de una tonalidad rojiza. Las ventanas se conservaban intactas y estas en su absoluta magnificencia daban a lo que en otro tiempo debió ser un tupido jardín con diversas especies de árboles y arbustos; la vista actual ofrecía una vegetación silvestre desordenada que había crecido de modo insolente. Cuando la máquina del ferrocarril pasaba, el espeso humo blanco cubría la casa contrastando con la palidez clara de la noche haciendo parecer que la muerte y la desdicha abrazaban con avidez los muros blancos de Samaras.

Gracias a la gentileza de su madre, Berenice Samaras, se sabe que Teodoro llegó a la casa al poco tiempo de la muerte de su abuelo. Pese a los rumores que circulaban acerca de la propiedad, decidió instalarse para realizar en completa soledad sus extraños estudios que acaso seguían el camino de las investigaciones llevadas a cabo por Timoteo, quien tuvo además la osadía de llevarlas a la práctica, hecho que lo arrastró a su irrevocable locura; Teodoro no tenía otra intención que no fuese la requerida en su trabajo como investigador. Pasaba los días enteros leyendo ediciones anotadas de textos en su mayoría en otros idiomas; tuvo la oportunidad de consultar la basta biblioteca que su abuelo le había legado; dedicó horas enteras a la búsqueda de un misterioso tratado sobre invocaciones demoníacas de origen árabe que según el viejo Samaras había liberado algo al recitar uno de los pasajes contenidos en el texto. Nunca encontró el libro mientras duró su estancia. Sólo suspendía sus actividades para salir a comer, acudir a la universidad o visitar las librerías locales. Al llegar la noche tomaba una ligera cena; descansaba, daba un paseo por el jardín impregnado del aroma de la vegetación vieja y, al final, se iba a la cama; la costumbre recién adquirida de sus paseos nocturnos acrecentaba las habladurías en la comunidad.

Durante los años en que Timoteo habitó la casa se suscitaron eventos que la mayoría ha preferido olvidar. En cierta ocasión se descubrió el cuerpo desmembrado de un hombre conocido como Goumas alrededor de la finca, este no tenía otra ocupación que la de emborracharse a diario; su cuerpo se encontraba repartido en varios lugares y, en la triste escena se encontraron también restos de plumas blancas manchadas de la sangre del hombre. Todos atribuían a Samaras el horrendo crimen aun sin tener pruebas para declararlo culpable. En otro caso menos llamativo pero también angustiante, dos personas decidieron suicidarse por haber tenido la mala fortuna de entrar en la casa; no se supo lo que en ella vieron. Se comenzó a creer que la casa de Timoteo Samaras estaba habitada por una bestia que de noche recorría las calles; hubo personas que dijeron haber escuchado ruidos terribles salir de la casa durante altas horas de la madrugada, como si se tratara de los alaridos de un moribundo; se habló también del descubrimiento de animales muertos a los que previamente se les había drenado la sangre, cada vez que esto ocurría la gente pensaba en las horrorosas actividades de Timoteo; los hechos mencionados no inmutaron a Teodoro en su decisión de habitar el lugar y arribó en una noche del mes de agosto.

Pasó los primeros días de su estancia invirtiendo su tiempo en trabajar, aprovechando sus momentos libres para hundirse en las páginas de Baudelaire, Lautréamont, Poe, Gautier, pues reflexionar en el pensamiento de dichos poetas le hacía olvidar la sensación de tedio que le producía el excesivo trabajo realizado, así, de la manera más lúgubre decidía perderse en las mórbidas ideas de sus lecturas recurrentes. No tardó en comenzar a sentir el peso de la soledad que se acrecentaba con su aislamiento diario; pronto decidió que la compañía de un perro sería la más apropiada para sus necesidades puesto que la humana turbaría su quietud. Pocos días más tarde las pisadas suaves y tintineantes de un blanco labrador recorrían los pasillos largos de la casa provocando en Teodoro una sensación de alivio; comenzaba a percibir la vieja residencia como un lugar inquietante en el que a menudo sentía que algo lo observaba desde la parte sombría, zona que constituía el resto de la casa; para fortalecer su confianza permitió que por las noches el perro durmiera a los pies de su cama; de cualquier manera Teodoro continuó con sus estudios constantemente hasta el punto que sus noches de sueño se veían afectadas a causa de trepidantes pesadillas.

En cierta ocasión, se encontraba descansando de un exhaustivo día de investigación documental, la noche avanzaba lenta y la iluminación exterior, parte artificial, parte de la luna, proyectaba la sombra de un árbol seco sobre la cama de Teodoro, la inocencia que adquieren de los que duermen le hacía inconsciente de la grotesca escena que su cuerpo y la fatídica naturaleza representaban puesto que se creaba la impresión de la garra de una abominable bestia a punto de caer sobre él, como si semejante imagen augurara un destino lamentable. Esa noche, perdido en la quietud del sueño, un violento estruendo lo despertó de sobresalto, era como el brusco golpeteo de un martillo sobre madera hueca, que vehemente y torpe, sonaba constante; no cesaba, sino que parecía desplazarse, aproximándose hacia la oscura habitación que Timoteo ocupaba. El ruido le sugirió la inquietante imagen de un ataúd siendo cerrado, se obligó a no pensar en el cuerpo pues no soportaba la idea de encontrarse consigo mismo en el interior del féretro. También pensó en Jesús siendo clavado; aun considerándose agnóstico, la imagen fue capaz de tranquilizarle por escasos segundos; no olvidaba que había pasado gran parte de su juventud en el seno de una familia católica; aunque luego sus estudios y la influencia del viejo Samaras lo transformaran en escéptico. La luz antes descrita que se introducía por la ventana, le permitió visualizar la blancura de su perro que contrastaba con la densa oscuridad de la habitación, notó que el animal sin moverse liberaba unos débiles gemidos lastimosos y no apartaba la vista de la puerta barnizada. Comprendió que ambos se encontraban poseídos por un sublime espanto que no les permitía mover una sola extremidad. De un momento a otro los golpes se detuvieron; el miedo permanecía, no había una explicación racional e intentó concebir una. Es evidente pensar que no concilió el sueño por el resto de la noche.

Por la mañana, la luz del día le concedió el valor suficiente para salir de su dormitorio y revisar el resto de sus aposentos; en completa armonía junto a su labrador, recorrió los pasillos de la enorme casa, las habitaciones que no alcanzaban aun los rayos del sol sin encontrar nada fuera de lo normal; se dirigía hacia la sala cuando pensó que habían sido ladrones los que ingresaron, la idea era siniestra pero disipó la duda sobrenatural generada por las supersticiones nocturnas y la sugestión que llegaba a causa de los temas recurrentes en su investigación; aun así decidió adquirir un arma. Al atravesar por el pasillo que daba a la sala principal, Teodoro se percató por primera vez de que este se encontraba tapizado por varias reproducciones de las Pinturas Negras de Goya, le impresionó la imagen de un conjunto de mujeres de aspecto grotesco formando un círculo alrededor de una mujer de facciones delgadas, cubiertas por una capa negra sentada frente a la promitente figura del macho cabrío, indudable representación del demonio. Al salir de su asombro continuó en su camino hacia la sala, donde encontró, con una ligera sensación de náusea, que sobre el suelo cubierto de madera había gotas de sangre que no pertenecían a él ni al perro. Desde ese instante lo abordó una agobiante angustia que se acrecentaba con el paso de los días. Comenzó a pasar más tiempo fuera de la vieja casona, pero siempre llegaba el momento de volver al hogar y continuar con sus labores; por las noches tardaba largas horas en conciliar el sueño, se mantenía en vigilia junto con su perro; le afligía de modo exasperante el hecho de que el can mantuviera la misma postura rígida de la noche de los ruidos y los ojos fijos a la puerta en medio del silencio. Algunas veces logró distinguir apresurados pasos sobre el techo de la casa que terminó por atribuir a aves nocturnas o gatos que deambulaban por ahí. Ocurrió que una de esas noches de insomnio fuera de su habitación escuchó el sonido reptante de unos pesados pasos que se arrastraban lentos y cansados, como si alguien llevase sobre sí una densa carga a cuestas. Esa noche los aullidos del perro fueron inconsolables.

En los días siguientes Teodoro se mantuvo en vela la mayoría de las noches hasta que el cansancio lo forzaba a quedarse dormido, poco tiempo después de los ruidos fuera de su habitación las noches se habían tornado relativamente tranquilas, incluso el perro había notado la diferencia puesto que dejó de vigilar el umbral. Lo siguiente fue calma; comenzó a recuperar el sosiego de los primeros momentos en la casa de su abuelo; retomó el curso habitual de su trabajo y de las actividades que había realizado desde su arribo. De manera eventual algún sonido extraño pausaba su concentración y le remitía a los hechos ocurridos en anteriores días, ya no le parecía que se tratara de situaciones tan alarmantes capaces ofuscar la tranquilidad que disfrutaba en esos momentos. Comenzó a pasar las tardes en compañía de su labrador estudiando los profanos documentos que ocupaban su tiempo, para finales de septiembre tendría que publicar un artículo sobre un antiguo tratado de magia negra (que databa del siglo XVII) de reciente descubrimiento en una reconocida revista académica. Los siguientes días fueron apacibles y, por las noches, al subir a su habitación retomaba la lectura de sus autores predilectos; el ambiente sofocante del verano le impulsaba a realizar de nuevo un breve paseo por el jardín antes de dormir. La tranquilidad de los días le ayudaba a pensar en cosas que no fueran los desagradables momentos anteriores, comenzó a redactar cartas a su madre en las que relataba las peripecias sucedidas con anterioridad; a modo de respuesta, la señora Berenice Samaras pedía a su hijo volver a su viejo hogar, decía también que podría continuar ahí su investigación, este, sin embargo, se negaba a regresar, argumentando la necesidad del espacio y de la biblioteca del viejo Timoteo. Lo apacible de sus horas de trabajo le dio la idea de contactar a un antiguo colega de estudios que podría colaborar en el desarrollo de su artículo e incluso pasar un par de días en la propiedad. Sin importar su postura inicial ni lo agradable que resultaba su perro, comenzaba a echar en falta la compañía humana y la riqueza de una buena charla sobre sus temas de interés. Un par de días más tarde escribió la carta para su amigo, mas esta nunca fue enviada.

Una noche Teodoro interrumpió su sueño, abrió los ojos sintiéndose asfixiado por la sed; notó la claridad de la luz exterior regada por la habitación y se sentó al borde de su cama; a los pies, el animal dormía apacible, con sorpresa reparó en que la puerta se encontraba abierta e imaginó que la tranquilidad de los días recientes habría terminado en ese momento. Decidió adentrarse en las sombras guiándose por la pared del pasillo inmediato; la casa se encontraba cubierta de una espesa claridad que resultaba inquietante; en el ambiente percibió el olor denso de la muerte; la aguda fetidez de los cadáveres que se corrompen con el tiempo. Apresuró su andar, aguzó la vista hasta que no le fue necesaria la pared para evitar una caída, al cabo de unos instantes entraba en la enorme sala luego de haber atravesado el pasillo que contenía los cuadros de Goya. La puerta que daba al jardín también se encontraba abierta. Sabía que la sala fue el escenario de la muerte de su abuelo; los rumores decían que se había suicidado luego de haberse vuelto loco en extrañas circunstancias; comenzó a dar los primeros pasos a través del lugar para llegar a la puerta y revisar el exterior, justo a medio camino, bajo el abanico, detuvo su marcha, un chapotear abrupto que resonó como un paso sobre lodo le obligó a detenerse. Bajó la vista para constatar que un rastro de sangre se extendía hacia el jardín. Teodoro reanudó su camino hasta llegar a la puerta; salió, la luz de la luna jugaba con las sombras de los viejos árboles y la vegetación crecida en exceso, parecía que las negras siluetas multiformes realizaban una desquiciada danza de la muerte a su alrededor mientras que aspiraba el aroma de la humedad podrida y estancada. Entonces, al volver la vista para regresar a la casa, contempló casi al borde de la demencia que frente a sus ojos incrédulos yacía su propio cadáver, destrozado de la manera más nauseabunda imaginable, desnudo, despojado de sus extremidades, con los ojos abiertos, vivos, fijos a los suyos en completa inexpresión; un blanquecino manto de plumas decoraban su muerte. Teodoro corrió hacia el interior incapaz de proferir siquiera gritos, la imagen aberrante de su cuerpo quedaría inscrita para siempre en su memoria; al atravesar la sala tropezó, cayó ignorando toda sensación de dolor y sufría solo la bestial zozobra de los más cruentos miedos que puede soportar el hombre.

Despertó entonces con el peso del horror sobre su cuerpo, infirió que se había tratado de una pesadilla, la luz del exterior brillaba en calma y la noche avanzaba lenta; la vívida agitación que acababa de experimentar dejó en él la sensación del mareo y supo que no habría otro remedio para tranquilizar su nerviosismo que el agua. Se sentó, sólo para descubrir que la puerta de la habitación estaba abierta; encendió la lámpara que se encontraba a un costado de su cama y vio que en una esquina de su buró se encontraba un papel de aspecto viejo que no había visto antes; cuando lo desdobló leyó: “Está aquí, lo he visto, no soporto su presencia, no soporto su risa ni su fetidez, esta noche voy a suicidarme”. Miró hacia la puerta abierta en un estado que sólo él podía comprender; no reparó en el resto de la habitación; buscó su arma, se vio haciendo el recorrido hacia la enorme sala principal, recorrió el pasillo a oscuras y volvió a  percibir la fetidez. Esta vez decidió encender las luces esperando encontrar el rastro de sangre que lo guiaría hasta el jardín, mas no fue así, antes de iluminar la sala, un estridente ruido le hizo detenerse, a sus pies observó una multitud de plumas, la repulsiva voz se escuchó de nuevo, profirió una palabra: Samaras. Su espíritu se llenó de horror, la curiosidad le obligó a accionar el interruptor.

 

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Breve introducción a la obra de Ahasverus

Muchos de los estudiosos que realmente han dedicado tiempo y atención al trabajo de Ahasverus, coinciden en que su obra es tan rara como inexplicable. Algunos de los volúmenes conservados de su conjunto literario se encuentran bajo custodia de las máximas autoridades en el tema. Hace años tuve la fortuna de entablar amistad con el Dr. Darío Darell, quien es uno de los investigadores más importantes en la actualidad y que posee en su biblioteca privada varias obras existentes del autor en cuestión. Agradezco a su bondad, el darme la oportunidad de introducirme en semejante tema así como de consultar su valioso repertorio.

A pesar de los numerosos artículos publicados y tesis realizadas, la biografía de Ahasverus sigue siendo un misterio para los entusiastas; por tal motivo, me veo obligado a omitir lo que podría ser una interesante semblanza introductoria a la vida de nuestro autor; no obstante, el Dr. Darell atribuye sus raíces a la antigua Jerusalén, pues es común encontrar en sus páginas constantes alusiones a la capital israelí además de su frecuente manejo del hebreo y el árabe; sin embargo, se sabe que la lengua castellana es legítima en la totalidad de las obras conocidas.

He indicado hace un instante que se me concedió la oportunidad de estudiar la colección del teórico ya mencionado. Uno de los libros consultados data del siglo XIII, rico en latinismos, lleva por título Vida de los vitrales, se trata de una extensa composición poética compuesta por 2500 estrofas agrupadas cada una por cuatro versos alejandrinos en rima consonante; por momentos, la versificación cambia a octosílabos asonantes pero aun agrupados en cuartetas. El contenido del texto es curioso: describe de un modo conmovedor gran cantidad de vitrales religiosos construidos de los siglos XIII al XVI en diferentes puntos de Europa, destacando Francia y la Península Ibérica, muchos de ellos, hace constar el poeta, fueron destruidos con el paso de los siglos.

Según el acervo de memorias archivadas por Darell, en el año de 1991 se celebró en Madrid el Primer (y único) Congreso Internacional sobre la obra de Ahasverus, donde tuvieron la oportunidad de exponer sus estudios sólo cuatro ponentes; sin embargo, fue una gran cantidad de asistentes y curiosos los que se acercaron a la celebración de las charlas. Entre académicos especializados en literatura universal, filología clásica, letras áureas, medievales e incluso historiadores, se llevó a cabo un acalorado debate en el que se discutieron temas de eternos conflictos, por ejemplo, se habló de la que pudo haber sido su primera obra, la cual, se refiere a un extraño texto escrito en hebreo que trata sobre un hombre condenado a vagar por el mundo como castigo divino luego de negar un poco de agua a Jesús rumbo a su crucifixión. Es evidente que no hay registro ni prueba de la existencia de dicho libro, pero la mayoría de los asistentes coincidieron en su autenticidad. Otra anécdota del congreso fue la discusión sobre la existencia de Ahasverus; el Dr. Hashem Comenius, dijo ante la duda de un oyente: “Ahasverus es eterno como lo son Dios y las estrellas”, frase que despertó una violenta polémica entre público y ponentes.

Desconcierta, en un primer acercamiento a Ahasverus, que los abismos temporales entre una y otra obra, sean tan amplios, por ejemplo, de Vida de los vitrales a Historia del caminante errabundo hay dos siglos de diferencia, rasgo que por obvias razones ha sido punto de partida de la mayoría de estudios realizados acerca de tan peculiar autor. Es preciso señalar también que Historia del caminante errabundo se cataloga como una obra en donde se pueden ubicar rasgos biográficos de Ahasverus, sea tal vez por el conocido tema de la inmortalidad de su personaje, o bien, por tratar a su caminante como un alter ego en el que se puede reconocer la crítica a su propia obra.

Es cierto que la expresión lanzada por el Dr. Comenius, dicha tal vez por el entusiasmo suscitado, tuvo algo de verdad. Resulta ad hoc sacarla a flote ahora. La comedia de capa y espada titulada El sueño de los castigos, por ejemplo, fue estrenada el 8 de abril del año de 1618. Como buena obra de época, la puesta en escena contó con dos damas, dos galanes, una criada, un lacayo; un estudiante, un comendador y desde luego un gracioso. Algunos rumores que carecen de veracidad, dicen que la obra produjo una ferviente envidia en el poeta y dramaturgo Lope de Vega, pues ofuscó el éxito que pudo haber tenido su comedia La moza de cántaro, publicada el mismo año. Si nos ubicamos en el contexto de las obras antes mencionadas y la comedia que ahora recordamos, podemos inferir en una edad que se encamina de notable modo a la eternidad que ha referido el Dr. Comenius, eso también, sin mencionar que los temas recurrentes en Ahasverus son la inmortalidad, el destino y Dios. Algunos críticos escépticos insisten en la búsqueda de explicaciones razonables afirmando que se trata de herederos del autor que han decidido continuar con su obra bajo el mismo nombre a lo largo de los siglos; sin embargo, la contraparte afirma que esa sería la más grande estafa en la historia de la literatura sumado a que las fuentes bibliográficas que pudieran ofrecer información confiable sobre la vida de nuestro autor son escasas. Afirma el Dr. Darell que “lo poco que conocemos sobre la vida de Ahasverus lo hemos intuido únicamente gracias a la lectura de su propia obra y no a otra cosa”, por lo tanto, los estudiosos experimentados en el terreno optan por la inmortalidad de Ahasverus.

Si damos otro salto temporal, se conocen dos obras de suma importancia, el texto ensayístico titulado Sobre la invisibilidad, aparecido a mediados del XVIII y la novela titulada A la búsqueda del Divino Rostro. Las obras anteriormente mencionadas comparten el verso como forma de escritura, Sobre la invisibilidad significa la primera vez que su autor utilizó la prosa además de un tema de carácter filosófico que se desarrolla en una complejidad que desvanece por completo la esencia literaria de sus anteriores escritos; en él, se aborda el tema de la búsqueda de la divinidad, es planteada como un todo absoluto atribuyendo a esto lo invisible de Dios. El caso de la novela resulta aún más desconcertante, dividida en cuatro extensos capítulos, el argumento radica en la historia de un hombre que sube una montaña con la intención de encontrarse a sí mismo en la cima, donde, por cierto, encuentra a Dios al contemplar el paisaje. Tal pareciera que el objetivo de la novela es el de responder a su propio ensayo. Debido al cuestionamiento de la existencia y el tema de la búsqueda de sí mismo, gran cantidad estudiosos afirman que ambas obras fueron lecturas realizadas por importantes figuras tales como Sartre o Cioran.

La obra de Ahasverus, como ya se ha visto, resulta cambiante en todos sus aspectos; no hay género literario que no haya practicado y del que no haya mínimo una obra conservada, se sabe de sus obras de poesía, teatro, ensayo, obra narrativa y lo que corresponde a cada uno de ellos; sin embargo, sus líneas temáticas son siempre similares. Sobre la veracidad de Ahasverus, dudo ser la persona indicada para afirmar o negar cualquier suposición y me he limitado a exponer con base en opiniones de especialistas en el tema.

En el año de 1985 ocurrió un acontecimiento extraordinario. Una afamada revista mexicana dirigida por un notable poeta de Mixcoac publicó la última obra conocida de Ahasverus, un breve poema en cuatro secciones titulado Tiempo, quisiera concluir este acercamiento reproduciendo el poema:

I

Es nuestra muerte

crepuscular, discreta,

soñando con agua.

II

Tiempo de sol

y párpados cerrados,

sal en los ojos.

III

Aviva el viento

la tempestad de rocas;

siglos de fuego.

IV

En este momento,

frente al umbral del infinito

usted lee este poema

y yo me burlo de su error.

Hasta aquí, he hablado sólo de algunos textos relevantes y omitido otros tantos que he preferido no mencionar. No se tienen rastros de publicaciones posteriores. Los críticos del tema esperan aun futuras manifestaciones de Ahasverus.

La nostalgia de lo que queda

A la memoria de Jorge Luis Borges

Soy escritor, no revelaré mi nombre por ahora pues las circunstancias no me son favorables. Hace algunos meses tropecé con una modesta librería de viejo en el centro de una ciudad que, por discreción, no diré dónde se encuentra. El hecho fue que al recorrer las rebosantes estanterías di con un libro que acaparó toda mi atención, era, en definitiva, un volumen muy antiguo; sin embargo, su estado de conservación era admirable, el encuadernado era un trabajo perfectamente elaborado, se encontraba cubierto de piel negra y decorados color plata en las esquinas; ni la portada ni el lomo indicaban título ni autor.

Inspeccioné el libro movido por la curiosidad. Se trataba de una Biblia de peculiar tipografía a doble columna que decidí adquirir junto con un solitario tomo IV de las obras completas de Víctor Hugo, la compra fue rápida. Ya en mi estancia, dejé mis nuevas posesiones sobre una mesa y dediqué el resto de la tarde y, buena parte de la noche a trabajar en mi actual proyecto de novela. Al suspender mi actividad, me dejé caer sobre la cama; dormí profundamente. Esa noche soñé con la Biblia por primera vez.

Al despertar, había olvidado los tomos que compré el día anterior y salí a la calle. ¿Los había olvidado en realidad? Pasó algún tiempo sin que mi atención cayera sobre ellos. Ambos descansaban en la misma mesa donde los dejé sin haberlos tocado desde entonces. Pronto me percaté de que realizaba un involuntario esfuerzo en evitarlos. No tenía ningún problema con el tomo de Víctor Hugo; sin embargo, la Biblia comenzó a inquietarme. Dejé pasar una semana en la que no me atreví a tocarla. Durante las noches seguía soñando con ella.

Unos días más tarde decidí alejar el temor supersticioso. No había nada fuera de lo común en el viejo libro. Me senté a la mesa y lo tomé sin hacer caso al otro texto; pude revisar con admiración el encuadernado. Reparaba ahora en algunas marcas que no había visto al momento de comprarlo; un hermoso ejemplar, raro al parecer, tales fueron mis pensamientos, así que me dispuse a leer. Al abrirlo, pude ver con toda la estupefacción que genera lo extraño o sorprendente, que ya no era lo que en un principio había visto; el contenido había cambiado. No se trataba ya de una Biblia, la columna doble que visualicé en la librería era ahora una continua versificación en bellos caracteres griegos, volví a las páginas principales para constatar de qué obra se trataba, tenía frente a mí una extraña edición de la Odisea, fiel en apariencia a los hexámetros del mendigo Homero.     

Cerré el libro, agitado, intenté atribuir todo a una confusión que me había hecho creer que la Odisea era la Biblia. Me resultaba imposible imaginar, a pesar de mi constante cercanía a la literatura fantástica, que un objeto tan ordinario, por extraño que pareciera, tuviera tales facultades. Había leído ya sobre libros y objetos de carácter inconcebible; en múltiples narraciones, H. P. Lovecraft habla sobre el abominable Necronomicón del árabe Abdul Alhazred; desde luego, semejante obra existe únicamente en el imaginario del narrador de Rhode Island. Umberto Eco, en su opera prima El nombre de la rosa, habla sobre la existencia de la segunda parte de la Poética del Estagirita Aristóteles, dedicada a la comedia, texto que haya existido o no, nadie ha leído. En la obra del cuentista, poeta y ensayista argentino, Jorge Luis Borges, el infinito se materializa y llega a caber en la palma de la mano; el autor narra sobre un tomo de páginas perpetuas conocido como El libro de arena, “porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin”. Es evidente, desde luego, que se trata de objetos comunes que enriquecen el campo del género fantástico. Mantuve así, la idea de haber confundido una obra con la otra; sin embargo, la intranquilidad me gobernaba.

Decidí, calmando mi nerviosismo con ideas falsamente optimistas, abrir de nuevo el libro, el hecho de tocar el fino encuadernado me causaba pesadez, levanté la cubierta para comprobar, con mezcla de fascinación y miedo, que el libro ya no contenía la Odisea, ahora veía una edición desconocida del Ulysses de Joyce. Absorto, volví a cerrar el libro, la obra, que podía ser cualquiera, comenzaba a influir en mí con una fuerza sobrenatural. Era real, el libro era auténtico y estaba frente a mí, al alcance de mis manos. Tuve que aceptar que el objeto había dejado de ser un común instrumento del relato fantástico y que había pasado al plano de lo tangible, de lo verdadero.

Muchas veces más abrí y cerré la Biblioteca, como comencé a llamarlo, hasta este momento había comprendido que el libro era todos los libros, porque me había mostrado una gran cantidad de obras clásicas y contemporáneas. Entonces me di cuenta, de que un mismo texto nunca se repetía, o si así era, tendría que esperar a que se reiniciara el ciclo, en ocasiones, me mostraba obras en caracteres que me resultaban completamente desconocidos. Por tales motivos, decidí leer cada cosa que el irracional volumen me ofreciera.

Al paso de algunas semanas el libro me había consumido, abandoné la escritura de mi novela, comía poco y leía mucho; al dormir, ahora me soñaba leyendo el tomo que me hacía preso. Había releído ya Las mil y una noches, el Fausto de Goethe, el Paraíso perdido de Milton, el Quijote de Cervantes, la Comedia de Dante, la Eneida de Virgilio, el Dorian Gray de Wilde, la Montaña mágica de Mann, el Proceso de Kafka, el Pedro Páramo de Rulfo, el Aleph de Borges; del mismo modo leí cosas nuevas que conocía de antes por referencias o llegaban a mí por vez primera, así como textos que me avergonzaría de confesar su lectura. Comencé inevitablemente a perder el sentido. La obsesión que el libro me provocaba era desbordante.

Cierto día, al abrir la Biblioteca, me topé con un título familiar, La nostalgia de lo que queda; al comenzar su lectura supe que el libro, con diabólica crueldad, se burlaba de mí, reconocí al momento las primeras líneas de mi libro inconcluso, que por su causa, había abandonado. Di un vistazo al texto para comprobar que cada palabra y signo de puntuación eran idénticos a mi manuscrito original hasta donde había suspendido su escritura; sin embargo, en la Biblioteca mi novela continuaba más allá. El libro no sólo era todos los libros escritos, era también los libros por escribir. Miré el objeto lleno de horror. Lo cerré; salí a la calle con el libro en las manos en dirección a la librería que encontré cerrada. Caminé durante un largo rato por las calles intentando deshacerme de él, intentando…  

 

Septentrión en la repisa

Desde esta orilla escucho el rechinar de una vieja puerta que, al abrirse y cerrarse, golpea una campana un tanto oxidada. Hace falta algo de aceite a esas bisagras tan antiguas como yo, o mejor, un cambio definitivo, pues las desdichadas ya no dan para más. A cierta hora se abre, ambos ruidos armonizan el lugar por breves segundos: el llanto de la puerta, el jovial tintineo de la campana.

Cada martes y jueves viene de visita un hombre que viste pantalones de pana, un deshilachado abrigo color café, un elegante sombrero gris; se sienta a la mesa con el propietario para jugar ajedrez durante dos horas. Despreocupadamente cuelgan a la puerta un anuncio: salí a comer, vuelvo en una hora.

Mientras los hombres se divierten, yo me entretengo en contemplar a mi alrededor: en el techo hay un abanico que no sirve, hace algunos años dejó de funcionar. En sus aspas se ha acumulado una capa de polvo que lo envuelve en el aura de la muerte, pues da la impresión de haber sido enterrado. En las gruesas vigas del techo penden finas y poligonales telas en zonas que las arañas creen inalcanzables; perfectamente tejidas, parecieran grandes copos de nieve adheridos a la madera que nos cubre.

Al tiempo que contemplo a las arañas, una voz rompe en un breve pero triunfal jaque mate. Los hombres encienden un par de gruesos puros que despiden densos seres fantasmales de humo, girando en lentas y confusas danzas multiformes, que terminan por mezclarse con el aroma espeso del café. A mi lado, entre las nubes espirales, similares a las de Van Gogh, emprende vuelo un pájaro que deja escapar un sonoro y persistente cuco al salir de su casita de madera tallada, vestida de hojas otoñales, manecillas, números romanos: mecanismo viejo difícil de encontrar en el mercado.

Al despedirse la visita todo queda en silencio; el comerciante se marchará en una hora y yo seguiré aquí, con el mismo papel de centinela desempeñado desde hace años. A veces, un viejo tocadiscos que llegó aquí antes de mí, reproduce discos de vinilo con música de Bach, Vivaldi, Liszt, Haendel y otros. Lo mejor es cuando toca el Ocaso, pues a través Wagner logro recordar los agitados días en las profusas aguas del Mediterráneo, navegando a bordo de un ingente bergantín.

Así transcurre el tiempo para mí; desde esta orilla, los minutos pasan con la paciencia que sólo puede tener la eternidad, con esa pesadez del agua que erosiona la endeble dureza de las rocas y sin embargo, son pocas las veces que me muevo.

Durante la noche me ocupo nuevamente en observar a mi silente compañía; alrededor, todo es calma, todo es un torrente de copiosa quietud, fina sábana de incontables partículas de polvo esparcidas sobre pequeños fragmentos de otras épocas. Hacia mi horizonte veo un piano agonizante, falto de algunas teclas; a veces, en contadas visitas, lo he escuchado quejarse por causa de manos insensibles y sobre él, algunos jarrones de vidrios coloridos. Los muros de ladrillo rojo lucen algunas pinturas con paisajes, fruteros e imágenes religiosas; algunos cuadros, dan cuenta de la metamorfosis que ha sufrido la moneda en diversos lugares del mundo.

Hacia una vitrina que asoma a la calle, una multitud que duerme todo el tiempo reposa amontonada de la fatiga causada por los años, otra parte, cumple siempre con la vanidad perpetua que plasma el artesano: bailarinas de ballet que giran en aletargados pasos, elegantes parisinas caminando por alguna calle en Montparnasse luciendo frondosas sombrillas. Pintorescas casas, cuyos interiores son secreto de sus habitantes, se confunden con la inusitada naturaleza de relojes de arena y de bolsillo, de extensas pipas despintadas y manchadas de tabaco. En las aletargadas esquinas descansan llaveros, cajitas musicales, pulseras arabescas, cámaras fotográficas que no volverán a captar nada; una familia de tazas de diversas magnitudes y colores, y algunos libros de extensión copiosa. Recargada en una orilla, una solemne espada de brillante filo y gastada empuñadura mira orgullosa a través de la vitrina, al tiempo que un modesto grillo entona una famosa melodía.

Tal es el escenario que me ampara, el techo que resguarda mis antes relucientes bordes henchidos hoy de antigüedad, a la sinuosa cadena que me ata y que me une al fatuo pecho de los hombres, o bien, sujeta a la muñeca, al sencillo alcance de la mano. Esta ceremoniosa repisa me contiene y soporta el peso vivo de mi vetusto mecanismo, la ligera inconsistencia de la perfecta rosa de la orientación. Es así la secreta vida de las cosas, lenta y antigua, tanto, que podría compartir mi espacio en la repisa. ¿Tienen los hombres idea de este lento andar? No lo sé, mañana es día sin visita y, ahora, me dedico a observar, a recordar eventualmente a confundidos marineros, las olas, los vientos, los dudosos pasos de exploradores que muchas veces vi morir; fui extraviada, robada, vendida y comprada tantas veces que he llegado a este lugar, en este tiempo, sin saber qué pasará mañana o dentro de un siglo; sin embargo, sé con certeza que mantendré la vista fija al Norte hasta que mi sentido de la orientación se pierda y no lo distinga más.

La noche del astrolabio

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Colmado de virtudes, el astrolabio reposa sobre una polvorienta mesa de madera. Inmóvil, lo acompañan algunos viejos libros y contempla el ángelus por la ventana. El instrumento observa el paisaje celeste. Es la noche, conoce el tiempo exacto y la justa posición de los astros en el preciso instante que ha observado el firmamento. Es conciso en sus observaciones, minucioso, capaz de entender el momento en que Helios volverá en su carruaje a alumbrar la Tierra, la hora solar y el instante de su partida.

Lleno de altivez, el astrolabio presume de su facultad para conocer la ubicación de los planetas, la determinada distancia que existe de la Tierra a la Luna, se sabe inteligente. De nuevo contempla el cielo nocturno, descifra que el amanecer no es lejano y el astrolabio recuerda: recuerda el mar y las gaviotas volando sobre el navío en que entrañablemente brindó sus servicios y recuerda el día en que llegó a las manos de aquel hombre que pasaba sus noches vigilando la gran estrella y que por sus numerosas observaciones sería acusado de herejía y condenado a la hoguera.

El insólito astrolabio, que rememora, capaz de realizar actos tan insólitos como su propia naturaleza, deja ver con los primeros destellos de la aurora sus entrecanos colores y su cuerpo metálico. La madre, la base sólida en que sostiene el resto de su armadura, la madre hogar del tímpano que contiene el cénit y la lejanía del horizonte, Cáncer y Capricornio más unidos que de costumbre, y el Ecuador siempre interponiéndose entre ambos. El tímpano, contenedor de la araña poseedora de los doce signos del Zodiaco, dueña del camino del sol y de la Estrella Polar, el gran soporte de la regla que mide el tiempo graduado en los costados de la madre.

El amanecer llega, y con él, el astrolabio concluye sus observaciones, cierra los ojos y espera que las manos del astrónomo al que sirve, hagan nuevos cálculos en el pizarrón de su observatorio.